viernes, 27 de febrero de 2015

Y MÁS BELLAS MUJERES DE 40

¡Qué no decaiga la fiesta! ¡Ni las fotos! Vamos chicas, animaros. Es divertido. Sólo se trata de mostrar lo bellas que estamos con nuestros bien llevados cuarenta años.

Nuestras abuelas con cuarenta años, ya parecían, eso, abuelas. Sin embargo, nosotras con cuarenta seguimos siendo bellas, jóvenes y joviales. No nos sentimos mayores. ¡Ni mucho menos! Nos sentimos con dos veces veinte años, lo que nos hace mucho más sabias.

Ya sabemos qué queremos. No necesitamos a nadie que nos dirija ni organice la vida. Tenemos claro, qué vida queremos vivir.  Nada de espejismos. Una vida real.

Una buena vida y así de bellas.




lunes, 23 de febrero de 2015

ENTRE TERREMOTOS Y PISCINAS ANDA EL JUEGO


Lo siento. Ni me he enterado del terremoto. A esa hora recojo a los niños del cole y, aunque hubiesen tirado la bomba de neutrones en plena Castellana, tampoco me habría enterado. Hacen más ruido las mochilas de ruedas de los niños que cualquier terremoto.
Por suerte, no ha ocurrido nada que tengamos que lamentar a no ser que contemos como víctimas a todos esos chistes malos que corren por WhatsApp.

A parte del dichoso terremoto, hoy ha sido un día a tope porque también he ido a la piscina que, como ya sabéis, me da mucho juego. ¡Me tienen loca, esta vez, las abuelillas! ¡Qué tercera edad más marchosa! Sales tú medio muerta, con la lengua por el suelo y los ojos que no saben si son tuyos o del vecino y te encuentras con una de estas abuelillas marchosas que acaban de terminar su clase de aquagym y se animan para “hacerse unos larguitos”. ¡Qué no han tenido suficiente movimiento!
Y luego se duchan en esa agua gélida. Mientras me visto rápidamente, para ducharme calentita en mi casa, las oigo gritar porque el agua sale helada pero ¡no se achican! Y aguantan como jabatas debajo del agua porque además de atléticas, ¡son más limpias que los chorros del oro!
Pero no siempre esta tercera edad es tan legal ni tan ejemplarizante. Sin ir más lejos, el otro día estaba haciendo cola en el Supercor para pagar cuando la señora de detrás decide que ya se ha hartado de esperar y cuando me tocaba ir a pagar, pasa de delante de mí con todo su morro y se va hacia la caja.
A mi eso me sienta fatal. Así que, ni corta ni perezosa, me voy a hacia ella y por supuesto, le digo que me toca a mí y que se espere.
No os creáis que se inmutó mucho. ¡Qué rabia me da eso! Se creen que por tener más edad, tienen más derechos. Y eso ¡se lo dice a una cuarentañera! ¡Pues sí hombre! ¡Para eso estamos!
Menos mal que estas morrudas y morrudos que se dan en todas las edades, son los menos. Lo normal es que nuestra tercera edad sean gente noble, luchadora, robusta y con ganas de estar al día y en la honda.
Yo el día de mañana, sin dudarlo, que quiero ser así de fuerte y vigorosa. Para nada quiero estar achacosa y sentadita en un sillón, cual geranio. O como el monge ese que se han encontrado en la posición de meditación. Como una momia. A mi que no me digan pero me parece una chorrada que un buen día, digas, “voy a meditar un ratito” y te quedes en ese estado para el resto de tu vida hasta el punto de que te encuentren después de muchos años, cual mojama. Sequito, sequito.
Pues eso, que el terremoto no lo he sentido pero a las terremotos las he notado ¡de lo lindo!

viernes, 20 de febrero de 2015

BELLAS MUJERES DE 40

Un viernes más, una nueva remesa de bellas mujeres de cuarenta. 

Algunas de ellas las conozco de toda la vida. Como si fuéramos hermanas. Compañeras del colegio unas, desde parvulitos hasta la fecha ¡aguantándonos! Y de la playa, donde soy tremendamente feliz, y desde el mismo capazo hasta hoy, otra.

A las demás, nos la conozco personalmente pero nos ha unido esta pasión bloguera que nos tiene como tontas mirando el ordenador durante horas. Se de sus vidas por sus blogs. Ellas saben de la mía, por mi blog. Probablemente, si nos hubiéramos conocido personalmente, a lo mejor, pudiera ser que no nos hubiéramos fijado las unas en las otras. Pero, este mundo 2.0 es lo que tiene. Que conecta personas. En este caso, mujeres de cuarenta que, de otro modo, hubieran pasado desapercibidas para nuestras vidas. Y que ahora, sin embargo, tienen su parcela. Su hueco. Un hueco que intentamos cuidar con cariño entre trabajos varios, niños, maridos y demás parafernalia que nos acompaña.

A ellas, a mis amigas-hermanas les doy las gracias por aguantarme desde hace tanto tiempo y por compartir sus vidas conmigo y ser una parte tan importante de la mía. Sin ellas, seguro que no sería la misma.

Y a ellas, mis amigas-blogueras, les doy las gracias también por guardarme en un rinconcito de su mundo aunque sea virtual.

Son éstas y son así de bellas.







miércoles, 18 de febrero de 2015

A VUELTAS CON EL SENTIDO COMÚN

Creo que no es la primera vez que hablo sobre el sentido común o la falta del mismo. Hoy me he topado con otro de esos casos en los que yo veo tan clara la falta de sentido común. Os lo cuento y opináis si es que yo soy demasiado exigente o intransigente.


Hoy me tocaba una de mis visitas a esa piscina que adoro tanto y para mi sorpresa, estaba hasta la bandera. Casi todas la calles estaban ocupadas por clases y sólo quedaban dos calles para el nado libre.
Total, que estábamos como piojos en costura.
A mi, particularmente, no me gusta nadar con tanta gente. Sobre todo, cuando voy nadando a espaldas. No nado bien porque voy preocupada con no darme contra el borde, con no dar al que nada en mi calle o, no dar al que nada en la calle de al lado. Sin contar que voy intentando concentrarme en nadar correctamente, con los brazos y la espalda bien estiraditos. Vamos, con demasiadas cosas a las que prestar atención como para estar pendiente también del que tengo por delante y el que tengo por detrás.
Y en esas estaba, cuando me doy cuenta que, en vez de tres en mi calle, que para mi ya es multitud, ¡somos seis! Me paro. Me quito las gafas para ver mejor porque las jodías siempre se me empañan, y miro a la calle de al lado en la que no veo nadando a nadie. Sólo en la parte donde se hace pie veo a un matrimonio con tres hijos de edades comprendidas, más o menos, entre los ocho, seis y cuatro años. Los mayores con churros y la pequeña, con manguitos. La calle toda vacía y ellos allí flotando, bañándose y nadando sólo hasta casi la mitad de la piscina. Enseñando a los niños.
Claro, ante tal circunstancia, todos los que estaban nadando en ese calle, se pasan a la nuestra y allí estábamos todos espachurrados por culpa de una familia que chapoteaba sólo en una parte.
A mi me váis a perdonar pero no lo veo normal.
Al comentárselo a la socorrista, que es un encanto y muy amable, me contesta que “están en su derecho”. Que no puede hacer nada. Que ha dado la mala casualidad que hemos ido todos a la misma hora y el día que más petada está la piscina. Y no dudo que tenga razón, que están en su derecho y que la fatalidad ha querido que todos queramos mantener la chicha a raya el mismo día a la misma hora.
Pero yo, madre de tres, me pregunto, ¿no se estaban dando cuenta esos padres que estaban estorbando? ¿No se percataban que tenían toda una calle para ellos solos mientras los demás nadábamos a trompicones?
Creo que, si yo hubiera sido esa madre, con total y absoluta tranquilidad, hubiera sacado a mis hijos de la piscina y les habría explicado que era mejor esperar. De esta manera, no sólo estaría enseñando a mis hijos a nadar si no también a demostrarles que vivimos en una sociedad y que unas veces ceden unos y otras veces, ceden los demás. Y que visto lo visto, era el momento de ceder ellos. De salirse de la piscina, no estorbar y esperar el momento de que ellos pudieran nadar y disfrutar de la piscina sin molestar al resto.
Probablemente soy una intransigente. Puede ser. Pero también os diré, como le he dicho a la socorrista que, cuando un abuelete se mete en la piscina en la calle que estoy yo, me aguanto a su ritmo. Igual que me aguantan a mi el mío cuando en la misma calle se mete un hombre que, con sólo una de sus brazadas, ya recorre media piscina.
Pero el caso de esta familia no era lo mismo. O al menos, no lo veo igual. Una niña de cuatro años de ninguna manera puede cruzarse una piscina olímpica con manguitos. Sin embargo, hay abueletes y abuelillas con churros que ¡ya quisiera yo pillarles!

lunes, 16 de febrero de 2015

RECUPERAMOS EL ¡CINE MAÑANERO!

Sí. Que hacia mucho tiempo que no íbamos de Cine Mañanero y mira que nos gusta. El desayunito tranquilo y charlado y luego, nuestro cine entre jubiletas mayormente.
Las ovejas no pierden el tren La película elegida fue “Una mente maravillosa” pero cuando llegamos al cine, era en versión original y no estábamos por la labor de darle tanto al coco. Queríamos algo sencillo y divertido. Asi que, nos metimos a ver “Las ovejas no pierden el tren” y ¡nos sorprendió!
“Las ovejas no pierden el tren” es una película dirigida por Álvaro Fernandez Armero y protagonizada por Raúl Arévalo, Inma Cuesta, Candela Peña y Alberto San Juan. Se centra en la vida de un matrimonio con un hijo y en búsqueda y captura del segundo que decide marcharse al campo a vivir y todo lo que les rodea: la hermana soltera y desesperada por encontrar marido; hermano divoriciado cincuentón con crisis de edad y enamorado de una veinteañera; marido con crisis profesional y hastiado de todo y mujer, que intenta mantener a flote la familia tanto a nivel personal como económico. Vamos, lo que podemos vivir todas de una u otra manera.
Entramos a verla por descarte y sin tener muy clara la elección y nos sorprendió gratamente por se una pelicula real, cercana, divertida y bien interpretada. Ideal para lo que nosotras buscamos en el Cine Mañanero que es algo tan, tan secillo como pasar un buen rato. Sin más.
Por supuesto que os la recomiendo.
Probablemente, la siguiente película de Cine Mañanero sea la archiconocida “50 sombras de Grey”. No me he leído el libro aunque lo tengo desde hace mucho tiempo en la mesilla pero me da una pereza tremenda. Y la película pues tampoco me mata pero sí me genera más curiosidad. Además hoy una buena amiga me ha enviado la llamada de la “fósfora” Araceli al programa de Carlos Herrera hablando sobre el libro y me he reído tanto que lo mismo me animo y me leo el libro. Al menos uno. No se si seré capaz de leerme los tres…
Os dejo el postcast de la llamada de la “fósfora” para que paséis un ratito divertido que no hay nada mejor ni más excitante que unas buenas risas, ¿o no?