jueves, 12 de mayo de 2011

LA LECCION DEL NIÑO

El otro día mi hijo mediano quiso darme una lección y ¡me la dio!. Os cuento la historia.
Llegué a casa por la tarde, después de haber pasado un rato en el jardín, con prisas por preparar la cena, bañar a los niños, corregir deberes, darles la cena, acostarles y engancharme a la serie que tocara ese día. Vamos ¡una tarde cualquiera de una madre cualquiera!
Con las prisas por hacerlo todo rápido y que se acostaran a las nueve y media, dejé mi reloj encima de la mesa del salón.
Sólo un inciso para contaros que el reloj es de los caros y me lo compré con el finiquito que me dio la empresa cuando me acogí al ERE. Pensé que no había mejor forma de celebrarlo que comprándome un reloj de los buenos.
Total, que yo al reloj pues ¡le tengo cariño!
Como el niño es tan desastre como su madre, dejó también los deberes encima de la mesa y al cogerlos, el padre le dijo: “ Cuidado con el reloj de tu madre que la desastre lo ha dejado tirado y se le va a caer y se le va a romper”
Otro pequeño inciso para haceros notar que mi marido es muy positivo y nunca tiene ninguna mala crítica que hacerme…
 El niño, en ese momento, pensó: “Voy a darle una lección a mi madre” y escondió el reloj en su estuche.
Al día siguiente voy a ponerme el reloj ¡y no está en su sitio! Casi me da un paraflús. Estuve todo el día buscando el dichoso reloj. Tirada por los suelos mirando en los sitios más extraños. ¡Hasta con una linterna de Nemo en la boca como los del C.S.I.! Llegué incluso a pensar en rebuscar en la basura por si lo hubiese tirado. Recé a todos los santos que conozco. Le até los cojones (con perdón) a San Agapito y no se los pensaba desatar hasta encontrarlo. Como en las pelis, hice todo un retroceso de todos los pasos dados el día anterior para calcular dónde me lo podían haber robado o dónde lo podía haber perdido.
Y en ese retroceso mental que me costó la única neurona sana que tengo, recordé que yo había subido con el dichoso reloj del jardín y que por tanto, tenía que estar en casa.
Empecé a sospechar. El padre, inocente, me dijo: “No. Los niños no son capaces de esconderlo” Pero yo la verdad, es que estaba mosca.
Así que, me fui a buscarles  al colegio. Al llegar no le dije ni hola. Me tiré directamente a por el niño y le pregunté por el reloj. Todo orgulloso me contestó: “Te lo he escondido para que la próxima vez no lo dejes por ahí tirado” Casi lo mato.
Lo malo no fue eso. Lo malo es que también reconoció que me había hecho lo mismo con un par de zapatos que me tiré otro tanto buscando.
Y el reloj, malo pero los zapatos ¡ni se tocan!

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