martes, 13 de diciembre de 2011

EL AFORTUNADO SEGUIDOR Nº20


Bueno, pues ya somos 20. Y por supuesto, también le conozco.

De hecho, es que no ha sido voluntario. Le he mandado un mensaje pelín intimidatorio de “o te haces seguidor, o te haces seguidor” Y como las amenazas no hay nada, a los cinco minutos llegó el seguidor nº 20.Y aquí tiene su premio.


Es el típico hermano mayor. Pesado. Pesado. Siempre ha ejercido como tal. Algo que algunas veces no ha sido del todo negativo.

Cuando estaba en el colegio, era la niña más protegida de todo el patio. O los amigos de mi hermano mayor o los amigos del mediano estaban al quite a la mínima que me caía, lloraba o lo que fuera. Claro que eso tenía su precio en mote horroroso. Para los mayores era “milikita” o “besuguita”. Para los del mediano, “guacha”. Y para colmo, yo tenía el mío propio, “Hurtadito”.

Durante la adolescencia, me enseño el mundo de las fiestas de los colegios mayores y las juergas en la preciosa ciudad universitaria de Cáceres. 

Único en el mundo haciendo un striptease al son de “Nueve semanas y media” junto a su amigo José Manuel. Fuera donde fuese.

Tardó once años en terminar la carrera de veterinaria pero claro, difícil terminarla antes teniendo en cuenta las marchas que se pegaban.

También influyó el que era, con todos los respetos hacia mi cuñada, un “noviero” empedernido. Es más, no le he conocido más de un mes sin novia desde que íbamos al colegio. Confesaré que cuando me llamó para decirme que se casaba, pensé que lo hacía para decirme que ya la había dejado. 

Ahora es un gran emprendedor y ha visto cumplido su sueño de pequeñito: ser médico de perros, es decir, veterinario (que si no os lo explico seguro que no os enteráis).

Este sueño hizo que, en casa de mis padres, siempre hubiera perros aunque no siempre todo lo sanos que deberían. Ya se sabe, en casa de herrero... Tuvimos a Ledy, una boxer blanca preciosa. Todos la quisimos con locura. También estuvo Rambo. Un perro ciego que habían abandonado en la universidad de Cáceres que, por esos abatares del destino, terminó en mi casa. Towanda. Noah, el diabético...

Casado con una veterinaria de animales exóticos como no podría ser de otra manera y padre de dos hijos preciosos. Poseedor de grandes amigos. Su vida son sus perros. Sus animales. Viven en la sierra rodeados de perros, gatos, loros, conejos, chinchillas, tortugas, y no sé cuantos más. No miento. Lo juro. Viven así.

Tanto es así que mi sobrino empezó a hablar como los loros y le pillé más de una vez a cuatro patas bebiendo agua del plato del perro. ¡Qué asco! El gato ha dormido siempre dentro de la cuna de los niños. Según ellos, así les daba “calorcito”

A su mujer y a él les hace tanta gracia y a mí, como decía mi abuela, me llevan los demonios. ¡Qué marranos!

Pero cada uno es feliz a su manera. 

Por lo demás, es mi hermano y no me queda más remedio que quererle mucho. ¡Que se la va hacer!

3 comentarios:

  1. como siempre... he llegado tarde!! pero por fín he sabido hacerme seguidora oficial, porque realmente te leo a diario!!

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  2. Es que tu hermano se hace querer. Para mi eras la milikita, je,je . Y ahora que todos sobrevolamos los cuarenta (y tantos) nos volvemos a encontrar, aunque sea virtualmente, para poder compartir todo esto que hemos vivido.
    Mucha suerte con el blog

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  3. Muchas gracias Sonsoles. Encantada de volver a encontrarte. Un beso muy fuerte, Milikita.

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