miércoles, 23 de diciembre de 2015

EL ESPÍRITU NAVIDEÑO SE QUEDÓ CON EL HIJO DE DARTH VADER.


¡En lugar desconocido!
Yo iba a contar que ya hemos visto el episodio 7 de la serie Star Wars: el despertar de la fuerza. Que me gustó mucho pero que cada vez que salía Han Sólo o la Princesa Leia o Luke Skywalker, yo me iba encogiendo más y más en la butaca. Los años me iban cayendo encima como losas. ¡La leche! ¡Los años no pasan en balde para nadie!
El único que se conserva en perfecto estado es Chuwaka.
Pero, ayer, me tocó hacer la compra navideña. Cosa que odio. Estaba todo hasta la bandera y tuve que esperar, al menos tres cuartos de hora, para que me atendieran en la charcutería. Estaba todo el mundo comprando el jamoncito y el lomo cortado con cuchillo y el tema iba lento, lento.
Yo tenía el número 32 cuando, todavía por el 25, llega una señora quejándose de que aquello avanzada a paso tortuga. La observo y la veo cogiendo los papelitos de los números que la gente va dejando encima del mostrador una vez ya atendidos.
Veo que se guarda uno y se va al extremo más alejado del mostrador.
Y el charcutero grita, “¡el 26!”
Y aquella dice, “¡yo!”
Mi indignación se sube a mi cuello y a mis cuerdas vocales pasando por mis pies que se ponen en movimiento y se dirigen hacia ella cual maruja con rulos y le dice: “no me puedo creer que haya usted cogido uno de los números del mostrador y se vaya a colar de esa manera.”
Y la otra me dice, “no. Mira yo tengo el 26.”
Y se equivoca de papelito y me enseña, ¡el 38! Y luego el 26 todo arrugado.
Por supuesto la llamé la atención y la dije que tenía muy poquita vergüenza. Pero ella tan pichi. Se tiró otros diez minutos fáciles pidiendo y yo flipando. Cuando se fue me dieron ganas de desearle una feliz Navidad y que se le atragantara el jamoncito.
Lo siento. No puedo con estas actitudes. Y me cuesta callarme.
Y en estas fechas más. Una fechas en las que todos salimos cual majaras a comprar, comprar y comprar para celebrar unas fiestas que deberían ser de humildad, empatía, amor, consideración… Y te das cuenta que de eso, no queda nada de nada.
Que lo que celebramos son las luces, las comilonas y los regalos. Y nos besamos entre nosotros pero al de al lado que no conozco, si puedo le piso y le remato. ¡Qué ese no me importa! Que no le conozco.
Así que, sí, el espíritu navideño de nuestra sociedad debe estar junto con el hijo de Darth Vader. ¡En paradero desconocido! Y ni se le encuentra ni se le espera para disfrutar con nosotros de estas fiestas.
Yo sí os deseo a todos vosotros mis queridos “sanpitospatos” que disfrutéis mucho de la compañía de vuestros seres queridos y que, sobre todo, como dice el anuncio de la Coca-Cola que tiene un departamento de marketing muy bueno, seamos capaces de hacer feliz a alguien. 
¡Feliz Navidad!

viernes, 18 de diciembre de 2015

POR QUÉ SÍ ME DEPILO LAS PIERNAS.


Buscando información para escribiros el post de hoy y teniendo en cuenta que llevo sin escribir desde el pasado jueves, me he topado con este post. Probablemente, para muchos tendría más sentido el post que había pensado primero sobre mi sinsabores de la cena de Nochebuena donde siempre intento innovar y sorprender y sólo consigo, trabajar mucho y de nuevo, poco éxito. Sin embargo, este texto me ha llamado poderosamente la atención y no sólo por su título.
En el Huffingtong Post en su versión estadounidense, Kelsey Heeringa que se define a sí misma como “escritora, madre, esposa y cultureta”, definición que bien podría utilizarla para mí misma siendo positiva, escribió un post titulado “Loque descubrí cuando dejé de depilarme las piernas” y que podéis leer si pincháis sobre el mismo título.
En él viene a decirnos que, al dejar de depilarse las piernas, se sintió más libre y más auténtica sin tener que seguir los estrictos cánones de belleza marcados por la sociedad. E incluso, no sólo mejoró su autoestima si no que también, le ayudó a encontrar trabajos más “enriquecedores” y a dejar de comprar en tiendas con las que no estaba de acuerdo en sus prácticas comerciales.
Vamos, lo que viene siendo, un cambio de perspectiva en toda regla.
Y todo, por no quitarse los pelos.
Así que, yo, en mi deseo infinito por saber si lo estoy haciendo bien y por supuesto, intentando mejorar mi vida y la de mi familia, me he planteado la misma pregunta: “mira Lola que si el problema de que no te lea ni San Pito Pato es tu dichosa manía por acabar con todos los pelos de tu cuerpo.”
¡Tendría delito! ¡Venga a darle a la cera y al laser para que ahora, la solución sea parecer Chiwaka!
Pues, con todo y con eso y respetando las opciones y decisiones de cada uno, si para tener éxito en la vida necesito ir contra corriente, y si ir contra corriente significa no depilarme, prefiero ser borrega.
Para mi la depilación no es tanto una cuestión de estética como de higiene. Con pelo me siento sucia. Y no me gusta el pelo en las partes de mi cuerpo que no sirve para nada. Incluso, en las que sí sirve como es la cabeza, lo prefiero corto.
No entiendo estas rebeldías que promulgan dejarse o pelos en las piernas, o teñidos de rosa fosforito en las axilas.
Para ir contra corriente en esta sociedad, para ser rebelde hoy en día, es tan fácil como sonreír. Reírme de mí misma. Reciclar. No ver ningún coñazo de debate político de de a dos, ni de a cuatro ni de a “todos juntos”.  Negarme a enseñar las tetas o cualquier parte de mi cuerpo para conseguir que un hombre con poder atienda mis necesidades. Ni en un calendario. Ni en vivo ni en directo. Y encima, llamarme por ello feminista. Criar y educar yo misma a mis hijos. En igualdad. Respetando sus diferencias. Ser empática. No tirar papeles al suelo que Madrid está que da asco. Ayudar al prójimo. Escribir un blog donde “protesto” mucho. Dar las gracias y pedir las cosas por favor…
¡Es tan fácil ir contra corriente de esta sociedad fría y desalmada! Y tan innecesario tener que dejarse las piernas como Macario para rebelarte contra ella. O ¿no me digáis que no se os ocurren muchas más opciones mucho más higiénicas?

miércoles, 9 de diciembre de 2015

"LA CHICA DEL TREN"


Como ya sabéis los que me seguís por Instagram, este puente he aprovechado para leerme “La Chica del Tren” de Paula Hawkins, el thriller del año según The New York Times. 

El libro trata sobre una chica que viaja todos los días en tren de camino a su trabajo y fantasea con los inquilinos de una casa que ve desde su asiento. Ella está pasando por un cataclismo tanto a nivel personal con divorcio y alcoholismo incluido como a nivel profesional que se ve afectado irremediablemente.
Por supuesto, se produce un asesinato y por supuesto también, ella participa de la resolución del mismo.
Yo no soy de thrilles. Yo soy más de otro tipo de libros pero, me ha gustado. Lo he leído en tres días y eso es una buena señal. Por otro lado, también os diré que, debido a que me meto muchísimo en los libros, tengo una resaca increíble.
Con este libro he tenido la misma sensación que con Leaving Las Vegas de Nicolas Cage. Llegó un momento viendo la peli que tuve ganas hasta de ir al baño a vomitar. ¡Estaba pedo perdida! ¡Asqueada de tanto alcohol!
Es un libro que te mantiene durante toda, absolutamente toda la historia, en una tensión que no se relaja ni un segundo. No tienes casi tiempo ni de respirar.
Y estaréis pensando que por qué elegí este libro teniendo en cuenta que no me gustan los thrillers pues, por una sencilla razón porque, al igual que la protagonista, me encanta imaginarme la vida de los pasajeros del tren, o del autobús o del avión. Porque me chifla ver las luces encendidas de las casas e inventarme las vidas de sus sombras.
Qué harán. Qué problemas tendrán. Serán felices. Quiénes vivirán en ellas. Qué estará pensando aquel que apoya su cabeza contra la ventana apesadumbradamente. O si esa chica tiene pareja. A qué se dedica aquella señora que se duerme y se le cae la cabeza. Tiene pinta de hacer algo con sus manos pero seguro que luego te sorprende y ¡salva vidas! Qué estudiará el chico de las trenzas. Cuales serán sus inquietudes. Cuál será su presente. Y, ¿esa pareja? A dónde irán y por qué. Estarán celebrando algo o simplemente, viajan por negocios.
Para eso, la película emblemática, “La ventana indiscreta”. Me chifla. Es por esto también que me gustan mucho los patios de vecinos aunque creo que esto ya os lo he contado…
Total, que el libro está muy bien. Que os lo recomiendo. Si no lo habéis leído ya y si queréis pasar un fin de semana sin más obligaciones que perderos entre las páginas de un buen libro.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

LAS ISLAS TUVALU


A raíz de la cumbre que se ha celebrado estos días en París para hablar sobre el cambio climático, se habló en las noticias sobre las Islas Tuvalu.
Las Islas Tuvalu se encuentran en Oceanía, en el océano Pacífico y pertenecen a la región de la Polinesia.
Según Wikipedia, “consta de 4 arrecifes de coral y 5 atolones, con un área total de 25,44 km² (2.544 hectáreas). Después del Vaticano (932 hab.) y antes de la República de Nauru (13.048 hab.) es la nación independiente con menor número de habitantes. También es el miembro de las Naciones Unidas con menor número de habitantes, ya que dispone solamente de 11.810.”
Vamos, lo que a mi modo de ver, tiene que ser el paraíso. Basta sólo disfrutar una de estas magníficas fotografías para enteder cómo debe ser la vida en las Islas Tuvalu. 


Al menos para mí, que adoro la vida en la playa y la vida tranquila. Esa que nunca he podido disfrutar porque, ya el mero y simple hecho de vivir en Madrid, te impide sí o sí llevar una vida “tranquila”
El caso es que estas islas ya están sujetas a un plan de evacuación debido a que la subida del mar está inundándolas hasta el punto de cubrirlas por completo y hacerlas desaparecer.

¿No os parece terrible? ¿Cómo hemos podido llegar a ésto? ¿Qué nos creemos, nosotros rodeados por el mar, que no nos va a ocurrir antes o después?
Yo tengo mi paraíso aquí en España, tal y como ya sabéis muchos, y está a ras de mar. Si desapareciera esa casa, para mí sería el mayor de los horrores. Es donde he vivido mis mejores recuerdos de infancia. Donde he disfrutado muchísimo de mi adolescencia y juventud. Donde me refugio en tiempo difíciles. Donde mis hijos son tremendamente felices. ¿Qué ocurriría si por nuestra mala cabeza llega una ola mañana y lo destruye por completo?
La más absoluta de las desolaciones.
¿Qué no sentirán los 11.810 habitantes de las Islas Tuvalu? Las más absoluta de las desolaciones y encima, siendo culpa de un mundo que para nada les es cercano. Porque estoy segura que las Islas Tuvalu no contaminan. No ensucian el mar. No tienen contaminación ni acústica ni del aire ni de nada. No tienen "boinas" sobre sus cabezas. Ni prohiben salir al recreo a sus niños para no respirar ese aire putrefacto. No necesitan que nadie les restringa el tráfico ni las horas de aparcamiento. No acumularán toneladas y toneladas de basuras. Ni echaran porquería a sus ríos ni arroyos. Reciclarán seguro. Cuidan de su entorno, seguro.
Sin embargo, ellos se quedan sin sus islas y nosotros seguimos con nuestras destructivas vidas. Destructuras de nuestro entorno. De la tierra que nos acoge.
Lamentablemente, tengo que coger el coche más de lo que me gustaría. Y se que eso contamina y mucho. Así que, intento compensarlo reciclando todo. Absolutamente todo. Poniendo la calefacción lo justo y necesario. Cerrando el grifo mientras me lavo los dientes o me enjabono. Llenando mucho la lavadora y el lavavajillas. No tirando comida. Donando todo aquello que ya no necesitamos. Heredando ropa del mediano al pequeño.
Pero no es suficiente. Y menos, cuando veo este video. ¡Qué razón tiene! 

Ahora, en mi mente, estarán siempre los habitantes de las Islas Tuvalu. Y seguiré intentando cumplir con aquellas pequeñas acciones que puedan parar o ralentizar esta destrucción de nuestro entorno. Bienvenidas todas aquellas con las que queráis contribuir en los comentarios.
Todo sea porque la Tierra siga siendo tan bella como ha sido por tantos billones de años y porque, la prepotencia del ser humano no acabe con ella.